La alimentación fue una de las piezas clave en mi recuperación. Lo que cuento acá no es teoría — es lo que viví.
Cuando me diagnosticaron cáncer de colon, empecé a prestar atención real a lo que comía. No como dieta, sino como parte del tratamiento. Cambié harinas, aceites, lácteos. Incorporé harinas de arroz y lenteja, verduras de estación, cocción al vapor.
"No soy vegetariana ni propongo restricciones extremas. Propongo consciencia."
Hoy, con marcadores oncológicos normales y más energía que en años, puedo confirmar que la alimentación hace diferencia. No es magia — es coherencia sostenida en el tiempo.
Cuanto más parecido a su forma natural llega el alimento al plato, mejor. Los procesados agregan aditivos, conservantes y azúcares que el cuerpo no necesita.
Las frituras degradan los nutrientes y generan compuestos inflamatorios. El vapor y el hervor preservan lo mejor de cada alimento.
Harina de arroz, de lenteja, de garbanzo. Opciones nutritivas que reemplazan la harina blanca refinada sin sacrificar el sabor.
Carne vacuna máximo tres veces por semana. Preferencia por pollo de cría ecológica, sin alimento balanceado ni químicos.
Si querés orientación para incorporar estos cambios a tu vida, escribime. Cada situación es distinta y hay un punto de partida para cada una.
Empezá el cambio hoy